
Te gusta soñar. Te gusta soñar y llevar mil tres vidas por dentro de la vida, como cuentos que te contaran al oído en una noche de invierno. Te echaste a la calle y te imaginaré como uno de esos detectives de vuelta de todo -siempre he tenido debilidad por esos detectives, además, suelen andar resacosos-. Te latían las sienes, evitabas las calles soleadas, encontraste un bar pequeño, modesto, envejecido. Entraste. Al girar la puerta te pareció que sonara una canción de Sabina. La voz cascada y los sueños que cuenta el viejo Sabina. Los amores eternos tan fugaces y esos sentimientos que sólo él sabe expresar tan bien.
El bar estaba vacío. Eran las cuatro de la tarde. Estaba lloviendo fuera y al punto todo se te hizo grato. Apareció una camarera, voluptuosa en sus formas, guapísima de cara. Llevaba una trenza un poco desbaratada con mechones cayéndole por los hombros. Cuando moduló un "Cariño, qué quieres", te habría gustado mirarla muy lentamente, recorrerla con los ojos, abarcarla y pedirle un whisky sin soda para celebrar su belleza, tu resaca y la lluvia que os envolvía. Habrías deseado incluso llevar un crucifijo colgado al cuello para introducírselo por el escote mientras la besabas. Pero las sienes reclamaban el café de rigor, una tregua. Habrías pedido un whisky pero pediste un café y ella te sonrió al tiempo que ajustó con un golpe seco el filtro a la cafetera. La imaginaste como una de esas fatales herederas rubias, americanas y alcoholizadas, que, al borde de la piscina, encargan trabajitos a los detectives a la vez que les acarician el muslo con las uñas lacadas en rojo. Mientras te lo servía, te lo recordó:
-¿Habías pedido whisky? -y se quitó la cadena que llevaba al cuello para colgártela. Era como si te leyese los pensamientos. Por eso la besaste, o te besó, quién sabe, os besasteis como dos bocas sin historia, ajenas, con sed. Sólo puedo decir que te sentías como arrastrado por una puerta giratoria, dando vueltas a mil por hora, la cadena adentrándose en su escote abundante y tú dando vueltas para sentir primero frío, después calor, viendo cosas que nunca antes habías visto, edificios, carreteras, jardines con niños, las calles de Helsinki, calles frías, húmedas, gente por las calles, muy abrigada, no sé por qué. O el Carnaval de Río, negras con pechos dorados de purpurina bailando sobre una carroza, el calor, el sudor, la noche, las personas bailando, extenuadas.
Cuando la puerta cesó su giro, ella ya no estaba. A tu llamada acudió un señor mayor secándose las manos. Nunca había trabajado allí ninguna chica, te dijo, sólo él. ¿Nunca? Nunca. Pero si... Buscaste con los ojos tu café pero nada había, ni en la barra, ni en la máquina. Había dejado de llover, dejaste el importe de un café a modo de propina y te marchaste a la calle. En mitad de la confusión y el cansancio, te llevaste una mano al cuello y ésta, de pronto, topó con el colgante que ella había dejado allí.
La India Maquinista de Tren
16 de junio de 2.002
La India, me escribió este cuento. Qué quieren que les diga, algunos tenemos la suerte de conocer a personas capaces de regalar sueños. No dejen de hacerle una visita, les encantará conocerla.
El de la fotografía soy yo, Pierre Menard, esforzado mantenedor del jardín mil tres. ¿Hacía falta decirlo?